La Caída de Constantinopla. Parte VI; El Fin del Imperio.

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Mehmet sabía que necesitaba conseguir la superioridad naval y eso no se produciría hasta que tomase las aguas protegidas por la cadena. La solución llegó de repente, cuando se decidió llevar los barcos por tierra, mediante el uso de poleas y plataformas para elevar y llevar los barcos por el Bósforo, y desembarcarlos directamente en aguas bizantinas, saltándose así la cadena y el bloqueo. El 24 de abril los aterrados habitantes de Constantinopla observaron como los barcos llegaban desde el valle de Manantiales hasta el mar. Los bizantinos tomaron la decisión de enviar a Giacomo Coco con varios hombres a incendiar las naves turcas en una operación nocturna. El plan era enviar dos transportes protegidos por dos galeras  y así ocultar dos fustas, embarcaciones más ligeras, que se encargarían de cortar anclas e incendiar las naves. El 28 de abril la operación se puso en marcha. En un principio la cosa parecía marchar bien hasta que la artillería turca instalada en el valle de Manatiales desató el infierno sobre ellos. A pesar del secretismo, los planes de los defensores llegaron a oídos del sultán el cual preparo una contraofensiva. Los cristianos vieron sus planes frustrados, muchas naves fueron hundidas y el propio Giacomo murió cuando su nave fue echada a pique por un impacto de cañón. El puerto no era ya un lugar seguro para los bizantinos ya que los Otomanos les amenazarían constantemente con su flota. También Mehmet construyó un puente, con barriles de vino amarrados entre ellos, que llevaría a sus hombres desde Pera hasta las murallas de Constantinopla.

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Desde la toma del Cuerno de Oro Mehmet se dedicó a lanzar ligeras escaramuzas para agotar a los defensores sin exponer realmente a sus tropas a combate. La artillería seguía machacando las defensas, pero los constantinopolitanos reparaban con maestría los desperfectos cada noche. El verdadero problema al que se enfrentaban los defensores era a la falta de suministros y el hambre. Muchos hombres empezaron a abandonar sus puestos para proveer a sus familias con algo de alimento, situación que el emperador cortó creando un fondo de emergencia destinado a comprar alimentos y a repartirlos entre sus súbditos. El 7 de mayo se produjo otro ataque sobre las defensas del Mesoteichion. El combate fue bastante duro en el cuerpo a cuerpo, pero a pesar de los esfuerzos turcos los defensores mantuvieron la linea tras tres horas de combate. La situación de las aguas era tan incierta que se ordenó a los marineros venecianos descargar el material bélico de los barcos en los arsenales, el 9 de mayo se enviaron sus barcos al puerto del Prosforiano  y se destinó a los hombres a reparar la muralla. El 15 o 16 de mayo el sultán decidió mover el grueso de su artillería hacia el valle del Lycus por considerarlo el sector más vulnerable y poder bombardearlo ininterrumpidamente.

Mines

 

Saragos Bajá había conseguido unos buenos mineros que provenían de las minas de plata de Novo Brodo. Con estos hombres se intensificaron los trabajos para minar la muralla. Los bizantinos descubrieron estos planes el 16 de mayo y el megadux Lucas Notaras puso a Juan Grant, un mercenario que vino con los hombres de Giustiniani, a acabar con estas minas a través de contraminas. Aunque los turcos se esforzaron mucho en conseguirlo, y tras darse múltiples combates bajo tierra, los bizantinos capturaron el 23 de mayo a uno de los oficiales encargados de dirigir a los hombres bajo tierra en una refriega. Tras torturarle desveló donde se encontraban todas las minas de los turcos y Grant ordenó atacarlas y destruirlas todas, lo cual consiguió. Los turcos abandonaron estas operaciones para el resto del asedio.

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El 26 de mayo Mehmet convocó a su consejo. La situación difícilmente era sostenible. Durante siete semanas la ciudad había sido bombardeada, asaltada y atacada de todas las formas posibles y no se había conseguido ningún resultado. Entre algunos hombres del sultán cundía el desánimo y lo mismo pasaba entre los agotados defensores, solo que estos últimos no tenían más opciones que aguantar. El caso es que en esa reunión Chalil Pachá rogó al sultán que cejase en el empeño de tomar la ciudad. Mehmet sabía que otro asalto fracasado podía suponer el fin de su mandato, pero no quería retirarse con las orejas gachas después de todos los esfuerzos puestos en tomar la ciudad. Mehmet escuchó al resto del consejo y los demás oficiales, amigos del sultán todos, se opusieron a la retirada. Para Mehmet fue suficiente y organizó lo que fue el asalto final. Los bombardeos se intensificaron, aún más si cabe, sobre las murallas dando cobertura a lso turcos que por las noches intentaban cegar el foso. El domingo 27 tres disparos alcanzaron y derribaron parte del muro del Mesoteichion. Giustiniani fue herido levemente por una astilla, nada grave. El lunes se decretó como día de descanso y oración antes del gran asalto.

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Se ordenó a Hamza Bey que sus barcos deberían atacar por toda la costa aquí y allá, no para causar grandes daños si esto no era posible, sino, más bien, para mantener ocupados a los defensores impidiendo que refuercen la zona de ataque principal. Saragos Bajá tenía como objetivo reforzar a los marineros que atacaran las murallas y conducir a sus hombres hacia Blachernas. Karadya Bajá atacaría la puerta Carisia. Isa y Mahmud cargarían contra el sector que va desde la puerta de San Román por toda la costa del Mármara. Por último, el sultán comandaría el ataque sobre el valle del Lycus. Los defensores veían como se acercaba el final y se prepararon para ello. Muchos acudieron a los templos a orar por la salvación de la ciudad, incluso se juntaron ortodoxos y católicos en las mismas ceremonias. Los trabajos de reparación seguían en las murallas. El emperador reunió a su consejo y pidió a todos perdón por las ofensas que les hubiese podido causar, hizo lo mismo más tarde con su familia, se dirigió a Santa Sofía y después con Frantzes comenzó a revisar las defensas. Cuando estaba en una torre de la muralla de Blachernas, él y Frantzes, observaron como las tropas turcas comenzaban a mover los ingenios de asedio hacia delante, a cegar el foso, a mover los barcos por el Cuerno de Oro, y en definitiva a los preparativos previos antes del asalto. . El emperador y su ministro se despidieron y partieron hacia sus puestos.

Assault

En la madrugada del 29 de mayo, a la 1:30, se inicio el asalto con el horrible estruendo de la música de guerra turca. Los primeros en asaltar fueron los bashik bazus cuyo deber era agotar a los defensores. Como las tropas irregulares no eran muy fiables, y estaba demostrado que ante el aguante de los defensores solían derrumbarse y retirarse, el sultán mandó crear una linea de oficiales armados con porras que golpearían a todos aquellos que se retiraran, devolviéndolos así al combate. Si aún así, algún hombre consiguiera pasar el cordón sería automáticamente asesinado por los jenízaros que formaban tras esta linea. Dos agotadoras horas duró el ataque de los irregulares turcos. Sin poder tomarse un respiro el sultán volvió a desatar a sus perros de la guerra. Esta ve fueron los regimientos anatolios los que se lanzaron contra las defensas. Aunque estas tropas estaban mejor entrenadas y equipadas, su elevado número se volvía una desventaja. Durante este ataque una bala del cañón de Urbán cayó destrozando la barricada y entrando por ella trescientos anatolios. El emperador con varios de sus hombres al frente les rechazaron permitiendo a los equipos de reconstrucción rehacer las defensas. A lo largo del Mármara, Hamza Bey, seguía presionando con sus tripulaciones, pero los defensores, los monjes y los homnres de Orhan, no se lo estaban poniendo nada fácil. Dos horas más de castigo y los anatolios se retiraron. Este fue el último tanteo. Mehmet mandó avanzar a sus soldados más queridos: los jenízaros. Los guerreros de élite avanzaron en perfecta formación bajo el fuego enemigo hasta llegar a las defensas para luchar contra unos agotados defensores.

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Durante una hora los jenízaros y las fuerzas bizantinas combatieron en las barricadas cara a cara, incluso pareció que el empuje de los atacantes decaía. Pero esa noche la suerte no estaba de parte de los defensores. Una pequeña porterna, llamada Filokerkos, para hacer salidas se abría en un ángulo de la muralla de Blachernas. La estupidez, los nervios o tal vez el azar quisieron que esa puerta no se hubiese cerrado después de una de las salidas de los defensores. Unos jenízaros vieron esto y subieron por ella llegando a lo alto de la muralla. Rápidamente, los cristianos que estaban fuera de las murallas se precipitaron para contenerles, pero otro nefasto hecho hizo inútiles sus esfuerzos. Una culebrina alcanzó en el pecho a Giustiniani hiriéndolo de muerte. El mercenario fue evacuado y los defensores genoveses empezaron a derrumbarse y el pánico cundió. El emperador se encontró muy pronto solo con sus griegos. El sultán mandó otra carga de jenízaros que obligó a los griegos a retirarse a la muralla interior. La bandera turca hondeaba sobre Filokerkos y se exclamó ¡Han tomado Constantinopla!. Constantino regresó a las defensas, después de ir a ver como evacuaban a Giustiniani, solo para ver como los hombres abandonaban sus puestos en masa. Constantino XI asió con fuerza su espada y se lanzó a la carga contra las hordas de enemigos que se derramaban dentro de la ciudad. Nunca más se supo de él. Irónicamente, el último emperador de Constantinopla llevaba el nombre de su fundador.

 

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