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Jaime II presidiendo el consejo de nobles

Durante la edad media los estados tenían muy complicado el tener flotas profesionales como las que se veían en el mundo antiguo. El montar y mantener una flota era costoso y no era factible, por lo cual en tiempos de guerra se recurría a la iniciativa de entidades privadas que hiciesen labores de corso. Esto era una práctica bastante efectiva ya que ponía en circulación a agentes que hacían la guerra a muy bajo coste para el erario de la corona y que obtenían grandes beneficios. Sin embargo, la dificultad de controlar a estos hombres, que no están dentro de la profesionalidad de un ejército, podía llegar a tener graves consecuencias diplomáticas. La primera regulación de corso que se da en el reino de Aragón es del año 1118 y ya en el s XIII se crea un corpus jurídico que regula esta actividad, siendo Jaime I en 1250 el que imponga la necesidad de unas licencias para practicar esta actividad. El corsario debía dejar una fianza como previo pago ante posibles infracciones del acuerdo y, como medida de seguridad, debía regresar al puerto donde se había armado y quedar su mercancía retenida hasta asegurarse de que todo estaba en orden.

Pero Niño

El corso era ejercido por comerciantes en busca de completar sus ingresos derivados del comercio y, en el s XIV sobre todo, por nobles y caballeros que lo veían como otra forma de hacer la guerra, sobretodo cuando de hacerla contra el infiel se trataba. Mientras que los primeros veían en corso como algo complementario o temporal, para los segundos era una profesión que mantenían a lo largo de sus vidas. Muchos nobles morían en alguna acción en el mar o perseguidos por la justicia de algún monarca, pues eran muchas las veces que de corsarios pasaban a piratas, sobre todo cuando asaltaban barcos cristianos con los que había alguna paz o no se estaba en guerra. Para financiarse un corsario solía unirse a otros para formar una sociedad, es posible que uno sea el dueño del barco y el otro el que le capitanee, o que entre varios diesen los avales suficientes para pedir un préstamo. El barco se podía alquilar o comprar. A veces los monarcas se implicaban más directamente con los corsarios dándoles dinero o alquilándolos las embarcaciones, quedando estos encuadrados como parte de la flota real, hasta el fin de la campaña. El corsario pagaba una licencia de corso que le permitía atacar naves de unos enemigos determinados a cambio de una parte proporcional de las presas al llegar a puerto. En la Península Ibérica el corso contra el infiel era una actividad noble que se ejercía en pro de la fe. Sin embargo, se solía ejercer contra los berberiscos y no tanto contra el reino de Granada, como una forma de devolverles lo que ellos hacían a los cristianos. El corsario tenía que buscar mercados de trabajo constantemente ya que mantener un barco en pie de guerra era muy costoso como se ha señalado antes.

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La embarcación usada podía ser diferente según el tipo de operación que se quisiese desempeñar. Para acciones contra los moros y captura de rehenes o esclavos se usaban embarcaciones rápidas y pequeñas como los leños de 4 a 12  bancadas, dando un número de entre 8 a 24 remeros. También se usaban galeotas o galeras. En definitiva, barcos que no dependiesen del viento para moverse únicamente. Si la misión requería un enfrentamiento a largo peso o duros combates se usaban galeras y galeotas en mayor número. Los musulmanes usaban las mismas naves, pero ellos solían incluir con más frecuencia armas de pólvora como bombardas. Cuando de combatir entre cristianos se trataba se usaban naves, más pesadas como naos cocas. La tripulación, si en la empresa estaba la corona implicada directamente, se reclutaba en espacio público pagando un adelanto del salario. El pago de este adelanto significaba que el futuro marinero debería aportar un fiador, un aval, que se hiciese cargo de la deuda si él no decidía presentarse a su puesto. En caso de deserción se encarcelaba al desertor y se cargaba contra su fiador o sus bienes para pagar multa. Para suplir las bajas, ya sea por muerte o por fuga, se podía obligar a embarcar a gente del común en las naves o se usaban hombres de las naves capturadas. También se podía recurrir a presos de las cárceles a fin de servir como remeros, el trabajo más desagradable y duro.

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Los corsarios solían rondar los puertos donde esperaban a sus presas, ya estuvieran atracadas o acabaran de levar ancla. Otra táctica consistía en apostarse en un cabo o fondeadero apropiado y esperar a ver pasar una embarcación apropiada, dándose acto seguido la persecución y asalto de la nave. Cuando dos naves se encontraban en el mar, la que iba a ser objeto de la agresión, si es que la había, pedía un aseguramiento a voces. Ésto era que calara la vela quedando inmovilizada, como debía hacer la nave interpelante igualmente. Muchas veces no se respetaba esto y los corsarios engañaban a las embarcaciones objetivo. Los combates eran muy violentos, primero se aseteaba a los tripulantes para después asaltar y pasar a cuchillo a todo aquel que se resistiera. Los que quedaban con vida eran reducidos a cautividad hasta que se pagase un rescate por ellos, también podían ser vendidos como esclavos, o, en el peor de los casos, lanzados por la borda en mitad del mar. Los refugios más usados por estos hombres eran las islas, las cuales, debido a su difícil defensa, elegían acoger a los corsarios evitando así su depredación por parte de estos. Por el interés… Los refugios no solo eran un lugar donde escapar de los enemigos, también era donde se vendía lo robado, cuando no se hacía en el puerto de donde se salió.

 

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